Corría la época de carnavales del año 2008. Ese día no fue
bueno en el trabajo, lo recuerdo nítidamente. Después de pasar la tarde en
familia, cansado y algo desanimado por el discurrir de la mañana laboral, sonó
el teléfono de casa. Era mi hermano, que llamaba antes de ir al Gran Teatro a
pasar otra noche de semifinales como jurado del concurso de carnaval.
- ¿Qué pasa, picha?
- Joaquín, tienes que venir esta noche al teatro. - Quillo, ya sabes que llevo quince años sin ir al concurso y también conoces cuál es mi opinión del mismo.
- Sí, ya lo sé. Pero estar aquí te va a levantar el ánimo. Es una buena noche de semifinales y no te defraudará. Y así nos vemos y charlamos en el descanso, que hace algunos días que no hablamos.
- Bueno, ya veré que hago.
Una hora más tarde estaba sentado en el palco de
acompañantes del jurado, esperando que las coplas irrumpieran en el escenario.
Recuerdo que cantaron después del descanso. Un poco antes, en el momento de los
bocatas, ellos calentaban voces detrás de las cortinas, donde ahora también se
hace, casi compartiendo habitáculo con los miembros del jurado.
“Se llama La Marea y es una comparsa de Bollullos”, me dijo
mi hermano. Me llamó la atención la juventud de alguno de sus miembros y la
ilusión en el rostro de todos ellos. En aquel momento no presté atención a lo
que cantaban, estaba más centrado en saludar a gente que hacía muchos años que
no veía.
Y se abrieron cortinas. Con el primer acorde supe que eran
distintos. Solo tuve que oír a las dos comparsas que habían actuado para darme
cuenta de que lo que estaba viendo y escuchando no tenía nada que ver con lo
anterior. Desde su presentación hasta la última cuarteta del popurrí me
fascinaron. Los días posteriores los dediqué a buscar el audio de su actuación
para desgranar el repertorio que tanto me había llenado en directo. Y esa fue
la vitamina que ayudó a que de este corazón carnavalero marchito crecieran de
nuevo brotes verdes que, a día de hoy, ya han agarrado con fuerza.
La comparsa de Bollullos tuvo la culpa. Al año siguiente, mi
'enganche' a ellos era total. ‘El jardín de los sentidos’ superó con
creces a ‘La Marea’ y su repertorio podría ser como un manual para comparsistas
de cómo se debe escribir una agrupación.
Y ya puedan pasar seis carnavales, seis concursos o seis
vidas, que mientras ellos sigan viniendo a Huelva, estas raíces carnavaleras
seguirán vivas. Y si dejan de venir, con su ausencia, morirán para siempre. Ese
es mi juramento y mi lealtad a los que me rescataron, para bien o para mal, a
esta bendita fiesta. Muchas gracias de por vida.